El costo del progreso

López García Eduardo


J. P. Sartre decía: "el que elige pierde" y vaya que si nos ponemos a analizar a profundidad el fenómeno de la elección, no tardarán estás palabras en persuadirnos de su veracidad. Quien elige tiene forzosamente que dejar de lado otra opción y muchas de las veces (para bien o para mal, eso dependerá del criterio de cada quien) ni siquiera nos percatamos de dicha elección, sino que las coyunturas históricas nos arrastran hacia una dirección (tanto de acción como de pensamiento). Sin embargo, me consuelo en pensar que el individualismo (muy vituperado en nuestro contexto actual, y no sin falta de razón) nos permite tener un baluarte (quizá ilusorio) de independencia con cuya posesión podemos criticar no sólo las elecciones que tomamos, sino las mismas coyunturas que disponen estas elecciones y que nos inclinan hacia ellas. 

   La obra de Mary Shelly es justamente un ejemplo de esta individualidad rebelde, que se sustrae de los paradigmas establecidos (no completamente claro está, pues dudo que dicha acción sea siquiera posible) y crítica agriamente su contemporaneidad. Su presente, marcadamente definido por los valores progresistas del laissez faire, estaba lleno una euforia por el progreso de la ciencia y con la revolución industrial revolucionando la forma de vida y de producción, se comenzó a infundir una fe en un futuro glorioso y sumamente optimista (v. gr. el ejemplo de los futuristas, quienes si bien pertenecen al siglo inmediato, representan el epìtome por esta euforia por el porvenir). Empero, como todo, y haciendo referencia a la frase ya citada de Sartre, la elecciòn por el progreso industrial traìa consigo la “destrucciòn” de una forma de vida que hasta ahora había sido la regla; y con este desecho de sociedad, a la cual ya se le comenzaba a ver como arcaica e indeseable, surgiò una nueva forma de vida y unos nuevos valores y etiquetas. 

   Asì es como llegamos a la creaciòn de lo que Dominique Kalifa denomina como el pobre malo, un individuo que llevado por las circunstancias coyunturales de la historia terminò por pertenecer a una clase marginada cuya valoraciòn (a la luz de la nueva ideologìa y de los nuevos valores que èsta promulgaba) no era para nada halagadora y que ademàs los paradigmas progresistas-liberales de aquella època legitimaban y alentaban a su exclusiòn. Sumado a dicha disposiciòn de pensamiento, habrà que hablar de las condiciones materiales que propiciaban dichas ideas, y es aquí donde la crìtica de Shelly haya mayor cabida. 

   Nadie, en el siglo XIX osarìa decir que la ciencia y la tecnologìa eran algo malo (a escepciòn quizà de los luditas, cuya radicalidad, a mi parecer, sì representaba un intento de revoluciòn real) pues còmo habrìa de ser malo o negativo aquello que tanto beneficios y libertades habìa traído a la sociedad. Si existìa gente desamparada y desfavorecida (pobres malos) era porque eran flojos o viciosos, y sòlo faltaba que èstos se pusieran a trabajar para que alcanzaran las comodidades de quienes (segùn su propia consideraciòn) habìan alcanzado la riqueza con su esfuerzo y visiòn. Empero, espìritus rebeldes, como lo fue Shelly, criticaron duramente estas disposiciones ideològicas y con su Magnum Opus (Frankenstein o el moderno prometeo) trajo consigo una obra disruptiva cuyo mensaje era el siguiente: la tecnologìa por sì sola no es buena ni mala, sino que es su uso ètico el que puede determinar dichos valores. 

   Para Shelly, el progreso de la ciencia por el mero progreso no eran en lo absoluto buenos, pues habrìan de existir mediadores èticos que dirigieran y pusieron restricciones a todos estos supuestos “avances”. Así, la autora, mediante la figura de su monstruo, recrea una realidad que hoy en día tenemos presente: la ciencia (y cualquier aspecto humano)  sin ética es capaz de crear abominaciones. Abominaciones que podemos ver en aquellos pobres malos, a quienes parece haberles sustraído todo indicio de humanidad, a quienes por la elecciòn de la sociedad occidental se descidiò desechar y destruir en nombre del progreso a la sociedad medieval-feudal que les daba un manto de ayuda y caridad. Otro ejemplo que esto màs  acorde a nuestro tiempo presente podrìan ser las bombas atòmicas, productos del gran avance cientìfico y racional del hombre,  y que sin embargo son capaces de terminar con la vida aquì en la tierra. 

   Quien elige pierde. Para progresar hay que destruir, y habrá que ser conscientes de que dicha destrucción y avances pueden traer consigo la creación de nuevos monstruos. La ciencia sin ética es peligrosa. 


¿Me pregunto por qué el progreso se parece tanto a la destrucción?

-John Steinbeck



  • Kalifa, Dominique, Los bajos fondos. Historia de un imaginario, México, Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, Instituto Mora, 1ª en español, 2018.

  • Shelley, Mary W., Frankenstein o El moderno Prometeo, España, Editorial Sexto piso, 1ª edición, 2013. 



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