La moral y la violencia


López García Eduardo


La película La Huelga del cineasta soviético Sergei Eisenstein tiene un profundo y denotado sentido colectivista y anti-individualista (ya el origen mismo de la película nos habla mucho de su sentido y significado), pues tratará un tema de gran relevancia que se aconteció en los últimos años del siglo XIX y los primeros años del XX: la huelga de trabajadores. La película está situada en la Rusia zarista y transcurre en el año de 1903, dato que no debe pasar desapercibido pues los inicios del siglo XX estuvieron marcados por un hecho muy singular e importante: el derrumbamiento del sistema laissez faire

   Este hecho singular -la caída de los valores del laissez faire- resulta muy interesante pues abre la puerta a una coyuntura histórica que se extiende hasta el día de hoy y que ya el propio Marx vaticinaba en varios de sus escritos: el Estado interventor.  Y esto no se pudo haber dado sin las propias contradicciones que el sistema capitalista del laissez faire presentaba, a saber, el mito de la competencia y la creación natural de monopolios (y oligopolios), el mito de la meritocracia y la falsa libertad del individuo, el decible de la democracia y el derrumbe de la fe en la razón, la sobre saturación mercantil y la necesidad de un Estado que pueda sanear las crisis que se producen, etc.

   Sin embargo, tras el “derrumbe” del sistema libreal, tras las colectivizaciones de los sindicatos (que hacían frente a la también colectivización burguesa que dieron paso a la creación de monopolios) y tras un intento (miserable) por imponer los valores comunistas en lo que fue el proyecto de las repúblicas socialistas, parece que hoy poco o nada ha cambiado para el trabajador, un trabajador que sigue encerrado en un ciclo vicioso de falsa meritocracia y que sigue soportando condiciones miserables de trabajo mientras los grandes empresarios mantienen sus fortunas a costa de la explotación (a veces disimulada) de su trabajo. ¿Qué ha pasado?

   La película tiene una escena interesante en la que se retrata la masacre de los huelguistas mediante una analogía a un matadero de reses y es aquí donde debemos plantear nuestra cuestión, ¿Por qué hoy en día le otorgamos facultades al estado (que, citando al anarquista Ricardo Flores Magón, es el perro del capital) de asesinarnos, pero el mundo se estremece cuando un político es asesinado? Si la moral, así como la razón, son productos no de un Dios que impone verdades absolutas que se quedan grabadas en cada ser humano sino de la interacción material del hombre con su entorno, ¿No está en absoluto derecho el hombre de derogar una moralidad en pos de otra? El propio Marx deja ver esto en la siguiente cita:


  “[La burguesía] echó por tierra todas las instituciones feudales, patriarcales e idílicas. [...] Echó por encima del santo temor de Dios, de la devoción mística y piadosa, del ardor caballeresco y la tímida melancolía del buen burgués, el jarro de agua helada de sus cálculos egoístas.” 


Si la burguesía fue capaz de sustituir los valores arcaicos de un sistema carcomido como lo era el feudal en pro de los que ellos promulgaban, aún haciendo guerras y asesinando a señores y reyes bajo el eufemismo de legalidad (como lo fue el caso de la revolución francesa), ¿Por qué el proletariado, unido, no habrá de legitimar su propia violencia en contra de una burguesía que se aferra a un sistema en decadencia? ¿Por qué si la moral la hace el hombre, el proletariado, habrá que respetar una moral que le impide asesinar a sus jefes pero sus jefes si los pueden asesinar a ellos? Si la ley va en contra de la comunidad, la comunidad en cuanto tiene conciencia de sí, o en términos marxistas conciencia de clase, puede apropiarse de la ley y hacer que su ley sea la única ley; pues esta no está dada, sino que se crea. 


Mirad a Stirner, miradlo, el enemigo pacífico de toda restricción. Por el momento está bebiendo tranquilamente cerveza, pronto beberá sangre como si fuera agua. Cuando otros vociferan salvajemente: “abajo con los reyes”, Stirner complementa: “abajo con las leyes también”. Stirner lleno de dignidad proclama: “Inclinan su fuerza de voluntad y se atreven a llamarse a sí mismos libres. Se han acostumbrado a la esclavitud. Abajo el dogmatismo, abajo con la ley”.

-Poema escrito por Federico Engels a la persona de Max Stirner, mientras ambos pertenecían al grupo de los jóvenes hegelianos de izquierda. 


Fuentes:

  • Carr, Hallett Edward, La nueva sociedad, México, FCE, 2017, 163 p.
  • Marx, Carlos & Federico Engels, Manifiesto del partido comunista, Santiago de Chile, Babel, 1948, 79 p.
  • Sorel, Georges, Reflexiones sobre la violencia, Buenos Aires, Editorial la Pleyade, 1973, 301 p.




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